Blog Fé Bíblica

Un espacio para reflexionar sobre la vida humana a partir de la enseñanza de la Sagrada Escritura, la Biblia

  1. Por David K. Bernard. © Todos los derechos reservados
    Capítulo 8 del libro Unicidad y Trinidad Entre los Años 100-300 d.C.
    Traducido por Julio César Clavijo Sierra, año 2020


    La mayoría de los historiadores de la iglesia están de acuerdo en que la fórmula bautismal cristiana original fue “en el nombre de Jesús” (típicamente con el título de Señor o Cristo). [1] En la era post-apostólica, Hermas y probablemente Clemente de Roma aludieron al bautismo en el nombre de Jesús, [*] y un pasaje de la Didajé se refiere a esta fórmula. [**] El énfasis en el nombre de Jesús por parte de Clemente e Ignacio, indica además que la iglesia de esta época practicaba el bautismo en el nombre de Jesús.

    La Edad de los apologistas griegos proporciona la primera evidencia definitiva para una fórmula triple. Aun así, esos que usaron tal fórmula, como Justino y más tarde Ireneo, continuaron incluyendo el nombre de Jesús. [***]Cuando los seguidores de Marción se separaron de la iglesia cerca del comienzo de esa edad, continuaron con la fórmula que estaba usando la iglesia, que era “en el nombre de Jesucristo”. Los primeros montanistas, que se separaron al comienzo de la Antigua Edad Católica, aparentemente también utilizaron la fórmula del Nombre de Jesús. (Ver capítulo 9).

    La evidencia más temprana de la fórmula trinitaria moderna la proporciona un pasaje de la Didajé (probablemente interpolada) por Tertuliano y por Orígenes. [****] Esta fórmula es aparentemente el producto de la Antigua Edad Católica. Sin embargo, la evidencia proveída en este capítulo muestra que el bautismo en el nombre de Jesús todavía estaba muy extendido durante esta época.


    Evidencia en la Literatura Popular

    La literatura popular de la época proporciona evidencia para el bautismo en el nombre de Jesús. Varios libros apócrifos, anónimos y seudónimos, nos dan una idea de prácticas prevalentes entre la gente común. Los escritos no siempre son confiables doctrinalmente, pero preservan la evidencia de las prácticas bautismales típicas. Ya que no fueron escritos elaborados por líderes reconocidos de la iglesia, o por maestros o por “herejes”, y dado que su uso principal no fue el de autoridad doctrinal, parece que los escribas posteriores no estuvieron tan preocupados por asegurar su “pureza doctrinal”. Así que las obras de este tipo estuvieron menos sujetas a modificaciones o a su destrucción por razones doctrinales.

    Los Hechos de Pablo y Tecla (una obra del siglo II probablemente realizada por un presbítero asiático), dice: “En el nombre de Jesucristo, en mi último día me bautizo” (34).

    Los Hechos de Pedro y Pablo, dicen: “Creemos positivamente en nuestro Señor Jesucristo, en quien hemos sido bautizados”.

    Los Reconocimientos de Clemente (que son parte de la literatura Pseudo-Clementina de finales del siglo II o principios del siglo III), dicen: “[Jesús] instituyó el bautismo en agua entre ellos, en el cual podrían ser absueltos de todos sus pecados en la invocación de su nombre… Todo aquel que, creyendo en este profeta que había sido predicho por Moisés, es bautizado en su nombre” (1:39).

    El Evangelio de Felipe también habla del bautismo en el nombre de Jesús (2:3:72). [2]


    Evidencia Preservada por Cipriano

    Cipriano, [obispo de Cartago entre el 249–258], escribió sobre muchos “herejes” que en su tiempo bautizaron en el nombre de Jesús. La evidencia que rodea esta controversia, indica que muchas personas de la Iglesia institucional también bautizaban en el nombre de Jesús. Cipriano no se opuso a las personas que dentro de su iglesia bautizaban en el nombre de Jesús, pero se opuso a aceptar el bautismo de los “herejes” sobre la simple base de que habían invocado el nombre de Jesús.

    Los que no estaban de acuerdo con él, sentían que el nombre de Jesús es tan poderoso en el bautismo, que incluso era eficaz para los cismáticos. Su posición muestra cuán altamente la gente consideraba el bautismo en el nombre de Jesús, incluso durante este tiempo de cambio y concesiones. Ambas partes estuvieron de acuerdo en que el bautismo era necesario para la remisión de los pecados y la salvación, y todos estuvieron de acuerdo en que el bautismo en el nombre de Jesús era válido dentro de la iglesia principal.

    En oposición a Esteban obispo de Roma, Cipriano sostuvo que cualquier bautismo realizado por los herejes no era válido. En una carta a Yubayano en el 256, se opuso a la enseñanza de que “«los bautizados en el nombre de Jesucristo, dondequiera y comoquiera, han adquirido la gracia del bautismo»” (Epístolas 72:16). Él preguntó: “¿cómo puede suponerse que han logrado el perdón de los pecados los que son bautizados por los herejes en nombre de Cristo…?” (72:17) y respondió que no era posible.

    Cipriano admitió que Pedro enseñó el bautismo en el nombre de Jesús en Hechos 2:38, pero argumentó que este bautismo era para los judíos, ya que ellos habían reconocido al Padre (72:17). Los gentiles que aún no reconocían al Padre no debían ser bautizados “en el nombre de Jesucristo” sino que debían ser bautizados en nombre de toda la trinidad (72:18). Cipriano acusó a los herejes de no honrar adecuadamente el nombre del Padre en el bautismo (72:19). Presumiblemente no se opuso a que alguien de la iglesia fuera bautizado en el nombre de Jesús si ya honraba al Padre correctamente, como lo hicieron los creyentes de Los Hechos.

    Entre la correspondencia de Cipriano hay una carta escrita en el 256 por Firmiliano, obispo de Cesarea en Capadocia, contra Esteban. Este cita a Esteban como enseñando que: “«ayuda mucho el nombre de Cristo, de manera que cualquiera que en cualquier parte sea bautizado en el nombre de Cristo, obtiene inmediatamente la gracia de Cristo»” (74:18).

    Cipriano escribió a Pompeyo en contra de Esteban, argumentando que si la iglesia niega que los herejes reciben el Espíritu Santo en el nombre de Jesús, también debería negar que ellos recibieron un bautismo en agua válido en el nombre de Jesús. “Y si quieren atribuir la eficacia del bautismo a la majestad del nombre de Cristo, de modo que los bautizados en nombre de Cristo, en donde sea y como sea, se consideren renovados y santificados, sépase que entre ellos también se imponen las manos al bautizado en el nombre del mismo Cristo para recibir el Espíritu Santo, entonces ¿por qué la majestad del mismo nombre no es tan válida en la imposición de manos como pretenden que lo fue en la santificación por el bautismo?” (73:5).


    Un Tratado Sobre el Rebautismo

    Una obra llamada Un Tratado Sobre el Rebautismo de un escritor anónimo, probablemente un obispo del siglo III que se opuso a Cipriano, demuestra que muchas personas tanto de adentro como de afuera de la iglesia institucional bautizaban en el nombre de Jesús. El tratado discute lo que debe hacerse con las personas que “aunque bautizadas en la herejía, fueron bautizadas en el nombre de nuestro Señor Jesucristo” y quienes pasan de su herejía a la iglesia (1). Concluye que el rebautismo no es necesario, pues los “Herejes que ya fueron bautizados en agua en el nombre de Jesucristo, solo deben ser bautizados con el Espíritu Santo” (12).

    El tratado establece una serie de puntos significativos. Primero, que su posición tiene un apoyo abrumador: el apoyo de “la tradición más antigua y eclesiástica”(1), “la venerable autoridad de todas las iglesias” (2), “la autoridad de tantos años, y de tantas iglesias, apóstoles y obispos”(6), y “la costumbre y la autoridad que tanto reclama nuestra veneración por tanto tiempo y por tan grandes hombres” (15). Estas frases indican no solamente la aceptación del bautismo realizado por fuera de la iglesia institucional, sino específicamente el fuerte apoyo para el bautismo en el nombre de Jesús.

    Segundo, el nombre de Jesús es significativo y efectivo en el bautismo. Hechos 4:12 y Filipenses 2:9-11, muestran que “El poder del nombre de Jesús invocado sobre cualquier hombre en el bautismo... le concede a él… no poca ventaja para obtener la salvación”(6). La invocación del nombre de Jesús no trae por sí sola salvación al hereje, pero sí corrige su error, admite la verdad y el recibimiento del Espíritu Santo luego se hace efectivo; el hereje no “pierde esa invocación anterior del nombre de Jesús” (6). De hecho, el bautismo de Efesios 4:5 es el bautismo en el nombre de Jesús. “Cuando el apóstol dijo que hay ‘un bautismo’, debe haber sido por el efecto continuo de la invocación del nombre de Jesús, porque una vez invocado, no puede ser quitado por el hombre” (10).

    El tratado sostiene que el bautismo en el nombre de Jesús no contradice a Mateo 28:19. “Tampoco debes estimar como contrario lo que dijo nuestro Señor:

    ‘Id, enseñad a las naciones; bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo’. Porque aunque esto es cierto y correcto, y debe ser observado por todos por medio de la Iglesia, y además se ha tenido en cuenta para ser observado, sin embargo nos corresponde atender que esa invocación del nombre de Jesús no debe ser considerada inútil por nosotros, habida cuenta de la veneración y el poder de ese mismo nombre, en cuyo nombre todos los tipos de poder están acostumbrados a ser ejercidos, y ocasionalmente algunos incluso por hombres de fuera de la Iglesia… Por lo tanto, esta invocación del nombre de Jesús debe ser recibida como un cierto principio del misterio del Señor que es común a nosotros y a todos los demás, que luego puede ser completado con las cosas restantes” (7).

    O el autor pensó que tanto una fórmula triple como la fórmula del Nombre de Jesús eran aceptables, o de lo contrario concluyó que invocar el nombre de Jesús era el cumplimiento apropiado de Mateo 28:19. La última conclusión está respaldada por sus declaraciones de que “la invocación del nombre de Jesús”en el bautismo cumple con el único bautismo de Efesios 4:5 y que es algo “común a nosotros y a todos los demás”.

    Este documento también informa que no solo eran los “herejes” quienes se bautizaban “invocando el nombre del Señor Jesús”, sino que muchas personas, tanto “judíos como gentiles, completamente creyendo como se debe, son bautizados de la misma manera” (12).


    Otras Referencias

    Constituciones Apostólicas (o Constituciones de los Santos Apóstoles) fue escrita en el siglo IV o más tarde, pero contiene elementos de tiempos anteriores. Habla de “Todo cristiano laico, sobre el cual es invocado el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (8:44).

    Anexados a él están los Cánones de Hipólito, en la colección de Dionisio, canon 50, que es de origen tardío, donde se revela que hubo una controversia sobre el bautismo trinitario e insiste en tres inmersiones en los tres títulos. “Si algún obispo o presbítero no realiza las tres inmersiones de la única confesión, sino una inmersión que es dada a la muerte de Cristo, que sea privado… Ustedes, por lo tanto, oh obispos, bauticen tres veces en un solo Padre, e Hijo, y Espíritu Santo”. Así que parece que algunos obispos y presbíteros se negaron a usar la fórmula trinitaria incluso en el siglo IV.

    En este punto, la colección de Juan de Damasco agrega una condena del modalismo y de la idea “de que hay es un Dios con tres nombres”. Al parecer, los que fueron condenados por realizar el bautismo con una inmersión única en el nombre de Jesucristo, fueron vistos como respaldando un concepto modalista de Dios. Así que aquí hay evidencia de que la fórmula bautismal se asoció con las controversias sobre la deidad. Parece que quienes negaron el trinitarismo y sostuvieron la deidad de Jesús, se negaron a usar la fórmula trinitaria y bautizaron en el nombre de Jesús.


    Conclusiones

    El bautismo en el nombre de Jesús fue practicado por la Iglesia apostólica y durante la era post-apostólica. Incluso, el nombre de Jesús se incluyó en la primera fórmula triple que se introdujo en la Edad de los Apologistas Griegos y fue utilizada a principios de la Antigua Edad Católica. Los trinitarios tempranos de la Antigua Edad Católica, tales como Tertuliano y Orígenes, omitieron el nombre de Jesús por completo, utilizando solamente los títulos de Padre, Hijo y Espíritu Santo.

    Los pastores y los laicos comunes no se apresuraron a cambiar la fórmula bautismal. Varios escritos populares y el Tratado Sobre el Rebautismo, indican que en la primera parte de la antigua edad católica la fórmula del nombre de Jesús era todavía dominante y que para la última parte de esa edad todavía era generalizada. El Tratado Sobre el Rebautismo y la controversia entre Cipriano y Esteban, revela que tanto grupos fragmentados como grupos dentro de la iglesia institucional, aún practicaban el bautismo en el nombre de Jesús a lo largo de esa edad.

    Claramente la fórmula del Nombre de Jesús no fue reemplazada de la noche a la mañana. Incluso cuando los teólogos comenzaron a abogar por la fórmula trinitaria, tuvieron el cuidado de afirmar respeto hacia la fórmula original y todavía popular. Poco a poco, durante un tiempo de coexistencia y concesiones, la fórmula trinitaria fue ganando aceptación, y eventualmente reemplazó a la fórmula del Nombre de Jesús en la iglesia institucional.

    Evidentemente el impulso principal para la nueva fórmula fue la controversia sobre la Trinidad. Los teólogos trinitarios comenzaron a enfatizar la fórmula trinitaria como un medio para combatir primero al modalismo y luego al arrianismo. Al final de esta edad, la fórmula trinitaria se convirtió en dominante.


    Referencias

    [1] Walter Bauer, W. F. Arndt, F. W. Gingrich, and F. W. Danker, A Greek-English Lexicon of the New Testament and Other Early Christian Literature,  2nd ed. (Chicago: University of Chicago Press, 1979), 571-73; Heick, 1:53, 87; J. F. Bethune-Baker, An Introduction to the Early History of Christian Doctrine  (London: Methuen and Company, 1933), 25, 378; Kirsopp Lake, in Encyclopedia of Religion and Ethics, 2:389; Jean Danielou,  The Theology of Jewish Christianity, vol. 1 of The Development of Christian Doctrine Before the Council of Nicaea,  John A. Baker, ed. and trans. (London: Darton, Lonman, and Todd, 1964), 323; Wilhelm Bousset, Kyrios Christianity—A History of the Belief in Christ from, the Beginning of Christianity to Irenaeus, 5th ed., trans. John Steely (New York: Abingdon, 1970), 292; David A. Reed, Origins and Development of the Theology of Oneness Pentecostalism in the United States  (Ann Arbor, Mich.: University Microfilms International, 1978), 220; Williston Walker, A History of the Christian Church (New York: Charles Scribner’s Sons, 1947), 58. For further citations, see William Chalfant,  Ancient Champions of Oneness  (1979; reprint, Hazelwood, Mo.: Word Aflame Press, 1982), chap. 5.

    [*] Nota del Traductor JCCS. Hermas, escribió El Pastor en el Siglo I, ya que  mencionó a Clemente de Roma como un líder contemporáneo suyo (2.4), y dijo que algunos de los apóstoles aún estaban vivos entre ellos (3.5).

    Para Hermas, el bautismo en el nombre de Jesús es la entrada a la iglesia y es para el perdón de los pecados. “Así que por tus preguntas descubrirás la verdad. Oye, pues, por qué la torre es edificada sobre las aguas: es porque vuestra vida es salvada y será salvada por el agua. Pero la torre ha sido fundada por la palabra del Todopoderoso y el Nombre glorioso, y es fortalecida por el poder invisible del Señor”. (Visión 3,3) “Pero los otros, que caen cerca de las aguas y, con todo, no pueden rodar al agua, ¿quieres saber cuáles son? Estos son los que han oído la palabra y quisieran ser bautizados en el nombre del Señor”. (Visión 3,7). “Así, pues, dijo él, nadie entrará en el reino de Dios a menos que haya recibido el nombre de su Hijo”.  (Parábola 9,12). “Porque antes que un hombre lleve el nombre [del Hijo de] Dios, es muerto; pero cuando ha recibido el sello, deja a un lado la mortalidad y asume otra vez la vida. El sello, pues, es el agua; así que descienden en el agua muertos y salen vivos. Así que, también a ellos fue predicado este sello, y ellos se beneficiaron de él para poder entrar en el reino de Dios”. (Parábola 9,16). “Y le dije: Todavía voy a hacer otra pregunta, Señor. Di, me contestó. He oído, Señor, le dije, de ciertos maestros, que no hay otro arrepentimiento aparte del que tuvo lugar cuando descendimos al agua y obtuvimos remisión de nuestros pecados anteriores. Él me contestó: Has oído bien; porque es así. Porque el que ha recibido remisión de pecados ya no debe pecar más, sino vivir en pureza”. (Mandamiento 4,3).

    Clemente fue obispo de Roma entre los años 92 – 101 d.C. En su Epístola a Los Corintios, él escribió que el único Dios posee el nombre más alto, y ese nombre es Jesús. “el Altísimo es el campeón y protector de los que en conciencia pura sirven su nombre excelente. (45). “El Señor, hermanos, no tiene necesidad de nada. Él no desea nada de hombre alguno, sino que se confiese su Nombre. (52). “Finalmente, que el Dios omnisciente, Señor de los espíritus y de toda carne, que escogió al Señor Jesucristo, y a nosotros, por medio de Él, como un pueblo peculiar, conceda a cada alma que se llama según su santo y excelente Nombre, fe, temor, paz, paciencia, longanimidad, templanza, castidad y sobriedad, para que podáis agradarle en su Nombre”. (65). La última frase posiblemente alude a la fórmula bautismal del Nombre de Jesús, así como lo hacen Hechos 15:17, 22:16 y Santiago 2:7.

    [**] Nota del Traductor JCCS. La Didajé (obra del siglo II) sostiene que ninguno puede participar de la eucaristía (o santa cena), si no ha sido bautizado en el nombre del Señor para ser santificado. “Pero que ninguno coma o beba de esta acción de gracias, a menos que haya sido bautizado en el nombre del Señor, porque respecto a esto también ha dicho el Señor: No deis lo santo a los perros”. (9,5).

    [***] Nota del Traductor JCCS. Durante la Edad de los Apologistas Griegos (90 – 140 d.C.) y la temprana Antigua Edad Católica (170 – 325 d.C.), Justino Mártir e Ireneo de Lyon se refirieron a una fórmula bautismal triple, pero ésta no se trata de la moderna fórmula trinitaria, pues claramente retuvo el nombre de Jesús.

    Justino Mártir (c. 100 – c. 165 d.C.) escribió en su Primera Apología, capítulo 61 – El Bautismo Cristiano:

    “Después son conducidos por nosotros a un lugar donde hay agua, y allí son regenerados del mismo modo que fuimos regenerados nosotros. Porque entonces reciben el lavatorio por el agua en el nombre del Padre de todos y del Señor Dios y Salvador, nuestro Jesucristo y del Espíritu Santo. Cristo dijo, en efecto: “Si no fuereis regenerado no entraréis en el reino de los cielos”… así como para recibir por medio del agua el perdón de los pecados que anteriormente cometimos, se pronuncia sobre aquel que quiere ser regenerado y ha hecho penitencia de sus pecados el nombre del Padre de todos, Señor Dios, y este solo nombre empleamos cuando lo llevamos a la fuente bautismal para ser bautizado. No hay nadie en efecto que pueda señalar nombre a Dios, que es inefable, y si alguno dijera que Dios tiene un nombre deliraría del todo. Y aquel lavatorio se llama iluminación, porque son iluminados en la mente los que aprenden estas cosas. Pero el que es iluminado es bautizado también en el nombre de Jesucristo que fue crucificado bajo Poncio Pilato, y en el nombre del Espíritu Santo, que por medio de los profetas anunció de antemano todas las cosas que se refieren a Jesús”

    Ireneo de Lyon (c. 130 – c. 202 d.C.), escribió en su libro Contra los Herejes, unas expresiones de claro apoyo al bautismo en el nombre de Jesús:

    “Y, habiendo la multitud preguntado a Pedro: "¿Qué debemos hacer?", él les respondió: 'Arrepentíos y que cada uno de vosotros se bautice en el nombre de Jesús para el perdón de los pecados. Y recibiréis el don del Espíritu Santo' (Hech 2,37)”. (3:12:2). “Y no hay otro nombre bajo el cielo que se haya dado a los hombres, en el cual debamos salvarnos (Hech 4,8-12)” (3:12:4). “Mas por las palabras de Pedro es evidente que conservó el mismo Dios que ellos habían conocido de antemano; pero dio testimonio ante ellos de Jesucristo Hijo de Dios, juez de vivos y muertos, en cuyo nombre mandó bautizarlos para el perdón de los pecados (Hech 10,42-43.48). Y no sólo esto, sino que además dio testimonio de que Jesús mismo es Hijo de Dios, ungido por el Espíritu Santo, y por eso se le llama Cristo. Es el mismo que nació de María, como lo supone el testimonio de Pedro” (3:12:7). 

    En una obra posterior, titulada Demostración de la Predicación Apostólica, se refiere a una invocación triple que retiene el nombre de Jesús en el bautismo.

    “En primer lugar la fe nos invita insistentemente a rememorar que hemos recibido el bautismo para el perdón de los pecados en el nombre de Dios Padre y en el nombre de Jesucristo, Hijo de Dios encarnado, muerto y resucitado, y en el Espíritu Santo de Dios; que el bautismo es el sello de la vida eterna, el nuevo nacimiento de Dios, del tal modo que no seamos ya más hijos de los hombres mortales, sino de Dios eterno e indefectible…” (3). 

    [****] Nota del Traductor JCCS. El capítulo 7 de la Didajé, dice: “os bautizaréis en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo en agua viva (corriente)”. (7,1). Aquí está claro que se está mandando a bautizar en un nombre, que es el nombre del Señor, tal como se expresa en 9,5. Los trinitarios sostienen que esta es una referencia a la trinidad, pero ni aquí, ni en ninguna otra parte de la Didajé, se dice que haya tres personas en un solo Dios. Además es muy probable que el texto de 7,1 mencionó originalmente solamente la frase, “en el nombre del Señor” tal como se observa en 9,5, y que un posterior escriba católico romano, incómodo por esta forma, la llevó a como está hoy. En el mismo capítulo 7, la Didajé imparte varias doctrinas extrabíblicas con respecto al bautismo, tales como que el candidato al bautismo debe ayunar uno o dos días antes de su bautismo, que en lo posible se debe usar agua fría, que es preferible ser bautizado en una corriente de agua (agua viva), y que si es imposible que la persona se sumerja totalmente, entonces se le debe verter agua en tres tiempos.

    [2]  James M. Robinson, ed., The Nag Hammadi Library in English (New York: Harper and Row, 1978), 147.



  2. Por Julio César Clavijo Sierra
    © 2020. Todos los Derechos Reservados


    En medio de todo lo que se ha desatado en torno a la pandemia del Coronavirus, recordé que el libro del profeta Joel tiene mucho para enseñarnos. Por esta razón, presentaré primero una panorámica a modo de comentario del libro de Joel, y luego pasaré a una aplicación para el caso que ahora estamos experimentado con el Coronavirus.


    Algo Extraordinario ha Ocurrido

    Joel 1:2-3. “Oíd esto, ancianos, y escuchad, todos los moradores de la tierra. ¿Ha acontecido esto en vuestros días, o en los días de vuestros padres? De esto contaréis a vuestros hijos, y vuestros hijos a sus hijos, y sus hijos a la otra generación”.

    En el tiempo de Joel ocurrió algo extraordinario. Por eso él preguntó primero a los ancianos y luego a todos los moradores de la tierra, si alguna vez ellos habían experimentado algo como lo que estaba aconteciendo, o si se tenían registros históricos de un suceso similar. La respuesta fue que no se tenía noticia de que algo similar hubiera ocurrido anteriormente en la tierra de Israel. El impacto de dicho acontecimiento marcó tanto a aquella generación, que el profeta dice que de esto ellos le contarían a la generación venidera, y ésta a la siguiente, y así sucesivamente.


    La Tierra Fue Completamente Devastada por una Plaga de Langostas

    Joel 1:4. “Lo que quedó de la oruga comió el saltón, y lo que quedó del saltón comió el revoltón; y la langosta comió lo que del revoltón había quedado”.

    Las expresiones oruga, saltón, revoltón y langosta, se refieren al mismo insecto, es decir a la misma langosta en sus diferentes fases de desarrollo. La oruga se refiere a la larva que sale del huevo, el saltón se refiere a la ninfa que es el insecto en su etapa inmadura, el revoltón se refiere al insecto en su adolescencia, y la langosta se refiere al insecto adulto.

    La langosta devoró todas las hojas y todos los frutos; desnudó, despedazó y secó los árboles; acabó con la higuera y con la vid; el campo quedó asolado porque el trigo y la cebada fueron destruidos y no hubo más aceite; se perdió el granado, la palmera y el manzano (1:7-12); e incluso se secó todo el pasto y escaseó el agua (1:19-20).

    Se extinguió todo el gozo de los hombres (1:12) porque el alimento les fue arrebatado (1:16) y lloraron desconsolados como llora una joven cuando se muere su prometido (1:8). El ganado gimió, las vacas y las ovejas vagaron sin rumbo porque no encontraron donde pastar y se murieron de hambre (1:19-20).


    Dios Mandó la Langosta para Reprender al Pueblo

    Joel 2:11. “Y Jehová dará su orden delante de su ejército; porque muy grande es su campamento; fuerte es el que ejecuta su orden; porque grande es el día de Jehová, y muy terrible; ¿quién podrá soportarlo?”.

    Las langostas fueron descritas como un gran ejército invasor que vino para destruir, someter y traer hambre y mortandad. Dios se presentó como el general de ese ejército de langostas, y la invasión de langostas fue llamada el día de Jehová, grande y terrible (2:11), el día de la destrucción por parte del Todopoderoso (1:15), un día en que temblaron todos los moradores de la tierra (2:1) y se llenaron de espanto (2:6).

    Las langostas fueron tan numerosas (1:6) que formaron una nube que los atacó día y noche, haciendo que el sol y la luna se oscurecieran y que no se viera el resplandor de las estrellas (2:10) trayendo sombra y tinieblas (2:2). Nunca antes se había dado un ataque de langostas como éste, y otro igual no ocurriría sino después de muchas generaciones (2:2).

    Las langostas intimidaban como un organizado ejército de valientes hombres de guerra al que la espada no le podía hacer daño, que no rompía sus filas y que marchaba desafiante hacia su destino (2:7-8). El muro de Jerusalén fue como nada para ellas, pues lo subieron y corrieron por encima de él, invadieron la ciudad y entraron por las ventanas de las casas a manera de ladrones (2:9). La nube de langostas hacía un estruendo como de gente a caballo y como carros de guerra (2:4-5). Los dientes de las langostas fueron comparados como los fuertes dientes de un león que despedazan a su presa (1:6), pues antes de su llegada los campos parecían un paraíso, pero a su paso la tierra fue hecha un desierto (2:3).


    Un Llamado al Arrepentimiento

    Joel 2:12-13. “Por eso pues, ahora, dice Jehová, convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y lamento. Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y que se duele del castigo”.

    Dios mandó las langostas a causa de los pecados del pueblo. A los borrachos les dijo que despertaran ya que se habían acabado los ingredientes vegetales con los cuales se hacía el licor (1:5). A todo el pueblo lo exhortó para que se convirtieran a Él de todo corazón y no solamente con una falsa apariencia de piedad (2:12-13). A todo el pueblo lo instó para que clamaran a Dios, proclamaran ayuno y lloraran con arrepentimiento (1:13-14; 2:12), porque Dios es grande, misericordioso y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y se duele del castigo (2:13). A los sacerdotes, ministros de Jehová, los exhortó para que lideraran el arrepentimiento (1:9) a fin de que volviera la alegría y el placer a la casa de Dios (1:16), y a que rogaran diciendo: “¡Dios nuestro, perdona a tu pueblo! ¡No permitas que las naciones nos desprecien y nos humillen! No permitas que con tono burlón nos pregunten: ‘¿Dónde está su Dios?’” (2:17 - TLA).


    La Respuesta de Dios Ante el Arrepentimiento

    Joel 2:18-19.“Y Jehová, solícito por su tierra, perdonará a su pueblo. Responderá Jehová, y dirá a su pueblo: He aquí yo os envío pan, mosto y aceite, y seréis saciados de ellos; y nunca más os pondré en oprobio entre las naciones”.

    Al notar un verdadero arrepentimiento, Dios los perdonó y les prometió que iba a llenar sus graneros y sus bodegas de trigo, vino y aceite, para que comieran hasta saciarse (2:19, 2:24, 2:26). Prometió destruir a las langostas, el enemigo que vino del norte, echándolo en tierra seca y desierta donde moriría exhalando su hedor y su pudrición (2:20). Los instó a alegrarse y gozarse en Dios quien haría grandes cosas para el bien de ellos, dándoles la lluvia temprana y tardía para que prosperaran las cosechas (2:21, 2:23, 2:26). También animó a los animales anunciándoles que los pastos del desierto reverdecerían (2:22). Y anunció que el pueblo conocería que solo Jehová es Dios y que no hay otro, que Dios está en medio de su pueblo, y que su pueblo nunca jamás será avergonzado. (2:27).


    Profecía Acerca del Derramamiento del Espíritu Santo

    Joel 2:28-29. “Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días”.

    A continuación, el profeta Joel dio una profecía para el tiempo del Nuevo Pacto, prometiendo que vendrían días en los cuales Dios derramaría de su Espíritu sobre toda carne, es decir sobre sus siervos y sobre sus siervas que harían parte de todas las naciones de la tierra. Serían tiempos gloriosos donde habría profecía, palabra y visión de parte de Dios (Joel 2:28-29). El apóstol Pedro dijo que la profecía de Joel se cumplió desde el primer derramamiento del Espíritu Santo que ocurrió durante el Día del Pentecostés en el cual nació la Iglesia (Hechos 2:1-21). 

    Joel también profetizó que en esos tiempos postreros Dios daría muestras de su poder tanto en el cielo como en la tierra. Dijo que habría sangre, fuego, columnas de humo, y que el sol se convertiría en tinieblas y la luna en sangre, lo que significa que Dios traería de su ira sobre la tierra pecadora, rememorando a la nube de langostas que ocultó al sol, a la luna y a las estrellas en los días de Joel (restándoles su brillo tal como cuando esos astros están eclipsados), y que dicha plaga causó la muerte de personas y animales, y la destrucción de la vegetación que quedó tan seca como si hubiera sido quemada (2:30-31). Pero en medio del desastre ocasionado por el pecado, se prometió que todo aquel que reconozca a Dios y que invoque su nombre será salvo, porque en el monte de Sion y en Jerusalén habrá salvación (2:32), como ciertamente la hubo tras la muerte y resurrección de Jesucristo en Jerusalén y por el comienzo de la predicación del evangelio desde aquella ciudad, pues Jesucristo dijo: “Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8).

    Joel dijo que todo esto acontecería antes de que viniera el día grande y espantoso de Jehová (2:31).


    El Día de Jehová, Día Espantoso y Terrible

    Joel 3:14-16. “Muchos pueblos en el valle de la decisión; porque cercano está el día de Jehová en el valle de la decisión. El sol y la luna se oscurecerán, y las estrellas retraerán su resplandor. Y Jehová rugirá desde Sion, y dará su voz desde Jerusalén, y temblarán los cielos y la tierra; pero Jehová será la esperanza de su pueblo, y la fortaleza de los hijos de Israel”.

    Dios prometió que para los días finales, Él vendrá a reinar sobre la tierra desde la ciudad de Jerusalén (3:16-17) y hará volver a la región de Judá y a Jerusalén a todo el pueblo de Israel (3:1). Dios vendrá a gobernar manifestado en carne como Jesucristo el rey de Israel (Marcos 15:32), el rey justo que según la carne desciende de David (Jeremías 23:5), que es también el varón perfecto (Efesios 4:13) por lo cual en esa condición de varón perfecto es llamado el Hijo de Dios (Lucas 1:35) y el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29).

    Sin embargo, el libro de Apocalipsis nos dice que para ese entonces el mundo estará gobernado por el Anticristo (o la Bestia), y éste intentará oponerse al establecimiento del reinado del Mesías reuniendo a todos los reyes de la tierra para la batalla del Día del Todopoderoso (Apocalipsis 16:13-16). Dios hará juicio sobre las naciones porque éstas aumentaron la maldad en extremo y se aprovecharon de Israel (3:2-13). Los ejércitos de todas las naciones se congregarán en el Valle de la Decisión, que es también el Valle de Josafat o del Juicio de Jehová (ya que Josafat significa Jehová juzga). (3:2, 3:14). “Pelearán contra el Cordero, y el Cordero los vencerá, porque Él es Señor de señores y Rey de reyes; y los que están con Él son llamados y elegidos y fieles” (Apocalipsis 17:4). “Y la Bestia fue apresada, y con ella el falso profeta que había hecho delante de ella las señales con las cuales había engañado a los que recibieron la marca de la bestia, y habían adorado su imagen. Estos dos fueron lanzados vivos dentro de un lago de fuego que arde con azufre. Y los demás fueron muertos con la espada que salía de la boca del que montaba el caballo, y todas las aves se saciaron de las carnes de ellos” (Apocalipsis 19:20-21). Debido a la multitud de aves devorando cuerpos muertos “El sol y la luna se oscurecerán, y las estrellas retraerán su resplandor” (v. 15). “Jehová rugirá (como un león victorioso) desde Sion, y dará su voz desde Jerusalén, y temblarán los cielos y la tierra, pero Jehová será la esperanza de su pueblo, la fortaleza de los hijos de Israel (v. 16).


    Dios Gobernará con un Reino Justo Sobre la Tierra

    Joel 3:17. “Y conoceréis que yo soy Jehová vuestro Dios, que habito en Sion, mi santo monte; y Jerusalén será santa, y extraños no pasarán más por ella”.

    Entonces la gente conocerá que este hombre Cristo Jesús, es Jehová Dios manifestado en carne que habita en el santo monte de Sion (3:17, 3:21), y desde allí establecerá un gobierno justo sobre toda la tierra. La tierra de Israel fructificará y se convertirá en tierra de abundancia, una tierra en la que fluye leche y miel, en la que por todos los arroyos correrán aguas, y un río saldrá desde la casa de Jehová para regar el valle (3:18). Jerusalén será santa, y nunca más un ejército extranjero la volverá a invadir (3:17). Este tiempo es el mismo al que Apocalipsis 20 se refiere como los mil años.


    La Profecía de Joel y su Aplicación Sobre la Pandemia del Coronavirus (COVID 19)

    Al igual que en el tiempo de Joel, hoy a nosotros nos ha tocado experimentar algo asombroso de lo cual nunca se había tenido conocimiento en la historia de la humanidad, y de lo que se seguirá hablando por generaciones. Un virus microscópico conocido como el coronavirus (COVID 19) ha intimidado a todas las naciones, incluso a las potencias del mundo, como ningún ejército lo hubiera podido hacer. Por donde quiera que pasa produce enfermedad, muerte y terror, y tiene en jaque a los habitantes de la tierra y a la economía mundial. Sin duda alguna Dios está usando a este virus para recordarnos que hemos pecado contra Él y que nuestros pecados solo nos conducen a la ruina, ya que la paga del pecado es muerte y condenación (Romanos 6:23). Pero si la humanidad es capaz de temerle al coronavirus, debería temerle más al Día de la Ira de Dios, día espantoso y terrible, porque Dios “ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón (a Jesús) a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos” (Hechos 17:31).

    Así como el pueblo de Israel lloró, clamó y se arrepintió de sus pecados, hoy Dios quiere que nosotros nos acordemos de Él y arrepentidos nos volvamos a sus caminos. Hoy es tiempo de que el pueblo de Dios se vuelva a Él y lo busque de todo corazón para que Dios tenga misericordia de nosotros. Aunque algunos persistan en el pecado, nosotros debemos volvernos a Dios para que Él obre con poder en nuestras vidas. En medio de la tragedia de las langostas que trajo espanto, hambre, muerte y oscuridad, Joel profetizó que vendrían días en los que Dios derramaría de su Espíritu sobre todos sus siervos y siervas en todas las naciones del mundo, y que estos serían para ellos tiempos gloriosos donde se gozarían de la palabra, la profecía y la visión divina. Así que más que preocupados por el Coronavirus, hoy nosotros debemos estar preocupados por ser llenos del Espíritu Santo de Dios y de recibir palabra y visión de parte de Dios. “Porque he aquí que tinieblas cubrirán la tierra, y oscuridad las naciones; mas sobre ti amanecerá Jehová, y sobre ti será vista su gloria” (Isaías 60:2). Toma para ti la palabra que dice: “Levántate, resplandece; porque ha venido tu luz, y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti” (Isaías 60:1). Ven hoy a Jesús. “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones” (Hebreos 4:7). Hoy es día de salvación.


  3. Por Delio Anaya Anaya
    © 2019, Todos los Derechos Reservados


    Introducción

    La Escritura enseña que Jesús es el Hijo y que también es Dios el Padre. Esta verdad está resumida en Isaías 9:6 que dice: “Porque un Niño nos es nacido, Hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz” (Isaías 9:6).

    La teología cristiana debe enfrentar el desafío de reconciliar el monoteísmo estricto enseñado a través de la Biblia (Éxodo 4:35; Isaías 44:8, 45:5; Marcos 12:29; Judas 25), con las verdades bíblicas que nos muestran que no hay más que un solo Creador el cual es el Padre (Isaías 44:24, Malaquías 2:10; Efesios 4:6), que Dios fue manifestado en carne como un Hijo (Isaías 9:6; Juan 1:14; 1 Timoteo 3:16), que Jesucristo es el verdadero Dios y la vida eterna (1 Juan 5:20), y que Jesús (el Verbo / la Palabra) es el Creador de todas las cosas (Juan 1:1-3).

    En este artículo me propongo afrontar dicho desafío, a fin de dar respuestas a las personas que andan en busca de la comprensión de la Unicidad de Dios.


    La Divinidad del Hijo es la Misma Divinidad del Padre

    La Biblia como la única base escritural de la doctrina cristiana, afirma que Dios es solo uno (Deuteronomio 6:4; Romanos 3:30), y por tanto la divinidad es una sola (Colosenses 2:9; Romanos 1:20). Nos dice que El Padre es Dios (1 Corintios 8:6), y también nos dice que Jesucristo el Hijo, es Dios manifestado en carne (Juan 1:14). Además encontramos textos bíblicos que nos dejan ver que hay diferencias entre el Padre y el Hijo (Juan 14:28), lo que a muchos genera grandes dificultades a la hora de conciliar el hecho de que Dios es uno solo y que Jesucristo el Hijo es ese mismo único y verdadero Dios (1 Juan 5:20) que es el Padre.

    Para facilitar el entendimiento de mi explicación de la unicidad de Dios, apelaré a una analogía a la que he llamado el agua y la panela.
     
    Supongamos que en una tina tenemos toda el agua del universo, y luego tomamos en una jarra una porción del agua de la tina y le agregamos panela. En la jarra nos quedaría aguapanela, [1] mientras que en la tina seguiríamos teniendo solo agua.

    Aunque en la tina y en la jarra hay un elemento que es el mismo (el agua), no podemos decir que lo que contiene la tina es lo mismo que contiene la jarra, porque en la tina no hay aguapanela.

    Son dos conjuntos conformados, el uno por un solo elemento: X= (a); y el otro por dos elementos Y= (a, p).

    Los dos conjuntos no son iguales, pero sí tienen un elemento que es el mismo. El elemento (a) que representa el agua, está presente en los dos conjuntos tal como se aprecia en la intersección, y el elemento (p) que representa la panela, se constituye en la diferencia entre ellos.


    Cuando yo considero los conjuntos en su totalidad, veo que hay diferencias. Si llego a ver alguna igualdad entre los dos, eso se da solo si considero el elemento agua (a) que está presente en ambos.

    Dándole aplicación a dicha analogía, esto mismo es lo que pasa si comparamos a Dios el Padre con el Hijo de Dios.

    El Padre es solo divinidad (Juan 17:1-3), mientras que el Hijo es divinidad más humanidad (Hebreos 1:8; Romanos 9:5).

    El Hijo no es igual al Padre (Juan 14:28), de la manera que el aguapanela no es igual al agua sola. Pero así como el elemento agua es el mismo en la jarra y en la tina, también la divinidad en el Hijo es la misma que en el Padre. No son dos divinidades, sino una misma (Juan 10:30; Judas 25) en dos modos de revelación, porque la divinidad al consistir en la esencia del ser de Dios, no se puede dividir o fragmentar.

    Cuando la Biblia dice en Colosenses 2:9-10, Porque en Él habita corporalmente toda la plenitud de la deidad, y vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad”, no lo dice por decirlo. En ese ser humano que nació en un humilde pesebre allá en Belén de Judea, está presente toda la potencia, la grandeza y la magnificencia de la verdadera divinidad, aunque limitada voluntariamente (Filipenses 2:6-8).


    El Hijo es La Persona Divina del Padre Manifestado en Carne

    Dios es el único ser divino y por lo tanto es una sola Persona divina, y aunque Él use de manifestaciones o modos de revelación, siempre continuará siendo una sola y la misma Persona divina.

    Cuando Él se manifestó en carne (1 Timoteo 3:16), continuó existiendo como el Dios que es Espíritu y que llena los cielos y la tierra (Jeremías 23:24; Juan 4:24), pero también vino a existir simultáneamente en la forma de un hombre (Hebreos 2:7), cosa que para Él es completamente posible (Lucas 1:37) porque Dios es el único ser Omnipotente (Salmos 91:1) y Omnipresente (Salmos 139:7).

    A partir de la encarnación, Dios existe simultáneamente en dos modos diferentes: como Dios (Mateo 6:9) y como Hombre (Filipenses 2:5-8; 1 Timoteo 3:16), y sin embargo, la Persona divina es una y la misma, porque reitero, para Dios revelarse simultáneamente como Dios (el Padre) y como Hombre (el Hijo), no le es cosa imposible (Mateo 19:26).

    Desde su modo de existencia exclusivamente divino, Dios que es Espíritu (Juan 4:24) y que es Santo (Salmos 99:9), engendró en la virgen María a un niño, a un Hijo (Mateo 1:20), pero este niño a diferencia de todos los hijos de padres humanos, no consistió en un individuo distinto a su Padre, sino que fue la misma Persona divina de su Padre en un modo humano de existencia (Juan 14:9). La encarnación no produjo a otro Dios, sino a la manifestación de Dios en carne. En el Hijo, Dios no reprodujo a otro Dios o a otra Persona divina, sino a un hombre que es Él mismo viniendo en carne. Dios no reproduce a otros dioses o divinidades, pues si así fuera, hace mucho tiempo que habría dejado de ser uno (Isaías 44:6). “…para que me conozcáis y creáis, y entendáis que yo mismo soy; antes de mí no fue formado dios, ni lo será después de mí (Isaías 43:10).

    Por eso, a partir de la encarnación de Dios, ese mismo, sólo y único Dios, comenzó a existir en forma simultánea de dos diferentes maneras: 1°) Como Dios, que es su modo eterno, en el cual es Espíritu, Omnisciente, Omnipotente, Omnipresente, Infinito y es llamado el Padre (Juan 4:24); y 2°) Como hombre, modo en el cual no es eterno, es humano, es limitado (Juan 4:6; Marcos 13:32) y es llamado el Hijo de Dios (1 Juan 5:5) y Emanuel (Mateo 1:23), modo de existencia en el cual Él es verdaderamente Dios en la forma y condición de un hombre (Romanos 9:5).

    Supongamos que en nuestra analogía el agua se asimila a la única Persona divina, poseyendo por lo tanto la cualidad divina de ser indivisible. Así entonces al agua de la jarra no la podríamos considerar otra persona divina distinta a la del contenido de la tina, sino que siempre es la misma Persona divina, solo que en la jarra está acompañada por otro elemento.

    En la manifestación de Dios en carne como el Hijo, Él no fue ni llegó a ser otra persona divina, sino que siguió siendo la misma Persona de Dios, y por lo tanto en la manifestación en carne siguió siendo Dios, solo que revelado como un verdadero hombre. Por eso la Persona divina del Padre, es la misma Persona divina que se manifestó en carne como el Hijo (Juan 8:24).

    Así que no es casualidad que Jesús haya expresado en Juan 14:7, “Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto”. ¡Aleluya! Aunque ellos tenían de frente al Hijo, Él les hizo saber que la única manera en que podrían ver a la Persona del Padre era en el Hijo, ya que en su manifestación como El Padre es invisible y por ende nunca podrían verlo así. Pero ya que el Hijo es la imagen del Dios Padre invisible (Colosenses 1:15), Él es la manifestación en la que Dios el Padre se ha hecho visible (Juan 1:18).

    El Padre y el Hijo no se trata de dos gemelos muy parecidos; porque por más que los gemelos Juan y Carlos se parezcan, el que ve a Juan y trata con él, no puede asegurar que ha visto y ha tratado con Carlos, como sí lo pudo asegurar Jesús al decir que quien lo ha visto a Él ha visto al Padre.


    El Hijo No es Igual (o lo Mismo) que el Padre

    Para comprender mejor esta realidad en Cristo, y sin embargo seguir manteniendo la verdad de que Dios es uno solo en cualquier modo de revelación, como Padre o como Hijo, y que Jesucristo es ese mismo Dios manifestado en carne, repasemos los siguientes conceptos:

    Al modo de existencia de Dios donde Él es solo divinidad, es al que se conoce como el Padre. Y al modo de existencia de Dios donde Él es divinidad más humanidad, es a lo que se conoce como el Hijo.

    Por eso, Dios en su modo de existencia como Hijo/hombre, no es El Padre. Cuando usted considera al ser que nació de la virgen María, no está considerando a la manifestación de Dios que se conoce como el Padre, sino a la que se conoce como el Hijo. Mientras que el Padre posee una sola naturaleza que es la divina, el Hijo posee dos naturalezas que son la divina y la humana.

    La explicación anterior, desmantela a esa caricatura que frecuentemente se usa para intentar ridiculizar la posición de la Unicidad, al pretender que nosotros estamos diciendo que Hijo es igual o lo mismo que Padre, o que el Hijo fue su propio Padre (como Hijo), o que el Padre fue su propio Hijo (como Padre).

    Aunque la Persona divina es la misma en el Padre y en el Hijo, las acciones que experimenta esta única Persona divina difieren en cada uno de estos dos modos de revelación. Por ejemplo; algunas cosas que no son atribuibles a la manifestación como Padre son el nacimiento y la muerte, pues estas solo son atribuibles a la manifestación como Hijo/hombre. En este mismo sentido, el Hijo no se engendró a sí mismo, pues la acción de engendrar al Hijo en la virgen María, no se le puede atribuir a la manifestación como Hijo/hombre, sino a Dios en su condición de Padre/Espíritu (Mateo 1:18-21; Lucas 1:35).


    Jesús es el Padre y es el Hijo

    ¿Cómo puede ser Jesús el Padre y al mismo tiempo el Hijo? Esta es una de las preguntas que la gente se hace, y les parece sin una respuesta lógica porque no la escudriñan a la luz de la revelación bíblica de la manifestación de Dios en carne.

    Pero teniendo en cuenta la compresión de lo que bíblicamente hablando significan el Padre y el Hijo, podríamos plantear el mismo interrogante de la siguiente manera:

    ¿Cómo puede Jesús ser Dios en su modo divino de existencia, y al mismo tiempo ser Dios en su modo humano de existencia? Al presentar la pregunta de esta manera, vemos que es mucho más sencillo ir alcanzando la respuesta.

    O incluso, podríamos formular de otra manera mucho más sencilla el mismo interrogante: ¿Cómo puede Jesús ser Dios si se toma en cuenta solamente su divinidad, y al mismo tiempo como puede ser Dios si se toma en cuenta su divinidad unida a la humanidad? ¡Vemos que la respuesta salta a la vista!

    Sabemos que la Persona de Dios es una sola, independientemente del modo de existencia en que se encuentre, ya que en Dios solo hay una mente divina (Romanos 11:34; Jeremías 19:5), un Espíritu divino (Génesis 1:2; 1 Corintios 12:13), un corazón divino (Génesis 8:21; 1 Samuel 2:35), una voluntad divina (Jeremías 15:1; Hageo 1:8) y un alma divina (1 Samuel 2:35; Deuteronomio 26:11).

    No podemos pensar que con una sola mente divina, un solo Espíritu divino, un solo corazón divino, una sola alma divina y una sola voluntad o conciencia divina funcionan “tres personas divinas”(como lo propone el dogma de la trinidad), porque siempre que hay una persona hay un ser, y si Dios es un solo Ser es porque es una sola Persona divina. En la Biblia no hay nada que pueda justificar la extraña idea del Credo de Atanasio, de que “hay tres personas divinas pero un solo Dios o ser divino”. La Biblia nunca habla de tres mentes divinas, tres voluntades divinas, tres almas divinas, etc., y por lo tanto bíblicamente hablando no hay forma alguna de proponer la incoherencia trinitaria de que “hay tres personas divinas y un solo Dios”. Por lo tanto, bíblicamente hablando, no queda ninguna duda de que Dios es solamente una Persona divina.

    En cuanto a las manifestaciones de Dios como el Padre y como el Hijo, se da una distinción de voluntades (Lucas 22:42), pero ésta no es entre voluntades divinas, sino entre una voluntad divina y otra humana; siendo esta última necesaria en el Hijo para que pudiera experimentar la vida de un verdadero hombre.

    Esa sola Persona divina es llamada Jesús, ya sea en su modo de existencia puramente divino, o en su modo de existencia manifestado en carne. Dios prometió revelar su nombre salvador cuando Él mismo se hiciera presente (Isaías 52:6) y ese nombre que dio a conocer es Jesús (Mateo 1:21-25). Del Hijo se dice que Él heredó su nombre de parte de su Padre (Hebreos 1:4), y que dio a conocer el nombre del Padre (Juan 17:26). Al ser Jesús el nombre de Dios, es el nombre sobre todo nombre ante el cual se doblará toda rodilla (Filipenses 2:10), porque el nombre de Dios está por encima de todo (Nehemías 9:5).
         
    Jesús es el Padre y es el Hijo, porque ese nombre más que identificar una manifestación de Dios, identifica en sí a la única Persona divina. La misma Persona divina que actúa como Padre en su existencia trascendente eterna, es la misma Persona divina que actúa simultáneamente como Hijo en su manifestación en carne. Por eso, aunque no se puede decir que el Hijo es su propio Padre (como Hijo), sí podemos decir que Jesús en su modo exclusivamente divino, es el Padre de Jesús en su modo humano (Lucas 1:35).

    Muchos solo ven a Jesús como el Hijo, porque no consideran a la Persona de Dios en su integralidad. Pero cuando Jesús es contemplado como el único Dios manifestado en carne, podemos decir de Él que es el Todopoderoso, el Omnipresente, el Padre, el Eterno, el Alfa y la Omega (o el Principio y el Fin), el Admirable, el Consejero, el Dios Fuerte, el Padre Eterno, el Santo Espíritu, etc.

    El hecho de que el único Dios se manifestara como Hijo, y viniera a cumplir el plan redentor trazado desde antes de la fundación del mundo, fue lo que hizo posible que los hombres volvieran a adquirir la condición de hijos de Dios, que Adán había perdido en el huerto de Edén. Es decir, que la Persona del que en su divinidad es el Padre, se manifestó en carne como el Hijo de Dios, para darles a todos los hombres que creyéramos en Él, la potestad de ser hechos hijos de Dios. La relación del Hijo de Dios con el Padre es una relación de dependencia, de la misma manera en que los hombres al ser hechos hijos de Dios pueden depender de Dios.
     

    El Nombre de Jesús es Coherente Para el Hijo y Para El Padre

    En la Biblia encontramos nombres propios de la Persona de Dios, en su modo de revelación como Padre y en su modo de revelación como Hijo, y cada uno de esos nombres tienen significados que son coherentes con el Ser que representan.

    Retomando la analogía del agua en la tina y del aguapanela en la jarra, vemos que ambos nombres resaltan una cualidad del agua, ya que el agua está presente en ambos recipientes. Pero sería diferente si quisiéramos llamar al contenido de la tina con el nombre de panela, porque la tina no contiene panela.

    En el Antiguo Testamento encontramos que Dios en su modo de revelación únicamente divino como el Padre es llamado Yahvé (Isaías 42:8); mientras que en el Nuevo Testamento encontramos que en su modo de revelación como Dios hecho hombre es llamado Yahvé el Salvador, que es lo mismo que JESÚS (Mateo 1:21).

    El nombre Jesús que encontramos en el Nuevo Testamento, encierra una condición adicional al nombre divino que fue revelado en el Antiguo Testamento, y al aplicarlo a los dos modos de manifestación de Dios, guarda coherencia y correlación entre lo que significa este nombre y las cualidades del Ser que representa.

    La condición adicional que encierra el nombre Jesús respecto del nombre divino del Antiguo Testamento, es que aparte de incluir lo que Dios es: Yahvé (El auto existente), también identifica lo que Dios hace: “Salvar”. Esta condición adicional es aplicable a Dios tanto en su modo divino (Oseas 13:4) como en su modo humano (Juan 4:42; Efesios 5:23). Por esa razón, llamar al Padre: Yahvé el Salvador (JESÚS), no va en contra de su realidad divina.

    Cuando invocamos a Jesús (o Jesucristo), estamos invocando a Dios en su integralidad, lo que va más allá de una forma de manifestarse, y Dios conoce el propósito de comunicación que hay en nuestro corazón.


    Conclusión

    Dios es una sola Persona divina que no reproduce personas divinas y cuya deidad no se puede dividir. Además, Dios sin dejar de ser Dios, también se manifestó en la carne como un hombre. Por lo tanto, dado que en la encarnación la divinidad asumió la humanidad, no se debe pensar que el Hijo sea otra persona divina y distinta, 

    Jesús es el Hijo y también es el Padre, porque Jesús es un nombre propio que (como todo nombre propio) representa a la persona que lo posee, y al ser la Persona de Dios una misma en cualquiera de los modos de revelación en que se encuentre, entonces el nombre de Jesús puede ser usado ya sea en su modo de revelación como Padre o como Hijo.

    Algunos alegan que Jesús no puede ser el nombre de Dios, porque Dios dijo que Yahvé (el Autoexistente) era su nombre para siempre (Éxodo 3:15; Isaías 42:8), pero se olvidan que JESÚS es una extensión del nombre divino revelado en el Antiguo Testamento, porque significa “Yahvé el Salvador”. Es decir, que al llamar a Dios como JESÚS, lo seguimos llamando Yahvé (el Autoexistente), pero con la revelación superior de “el Salvador”, porque eso era lo que necesitaba el hombre que a causa de su desobediencia estaba cautivo en sus pecados (Mateo 1:21).


    Notas al Pie 

    [1] La aguapanela o agua de panela, es una bebida propia de América del Sur y partes de América Central y el Caribe, en la que se le añade panela al agua para endulzarla. La panela es jugo de caña solidificado.


  4. Por Julio César Clavijo Sierra
    © 2019, Todos los Derechos Reservados



    Introducción

    La carta a Los Hebreos es identificada como una “palabra de exhortación” (13:22), que alienta a sus lectores a retener firmes hasta el fin la confianza en Cristo (3:6) y proseguir adelante hacia la perfección (6:1) sin dejarse llevar de doctrinas diversas y extrañas (13:9). Para esto, el escritor a Los Hebreos demuestra la superioridad de Cristo sobre los profetas, sobre los ángeles, sobre Moisés a quien Dios dio el Pacto de la Ley, sobre Aarón y el sacerdocio de su linaje, y en definitiva la superioridad del Nuevo Pacto sobre el Antiguo Pacto, ya que el Nuevo Pacto está basado en el sacrificio y la exaltación de Cristo. Jesucristo es superior a todo lo anterior, porque Él es Dios mismo hecho visible como un Hijo (un hombre perfecto) en la carne.

    En los versículos de Hebreos 1:1-3, el tema principal es que el Hijo Jesucristo es superior a todos los profetas. En gran parte de este escrito, he tomado como referencia al escritor unicitario Daniel Segraves, en su libro Comentario a Hebreos, Cosas Mejores


    El Hijo Jesucristo es Superior a Todos los Profetas

    Dice en la versión Reina Valera 60, “1 Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, 2 en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo”.

    La carta comienza contrastando a la revelación que Dios dio bajo el tiempo del Antiguo Pacto o Antiguo testamento, con la revelación que Dios nos ha dado en estos días finales (o postreros días) en el Hijo, en Jesucristo. Esto marca el discurso de toda la carta a Los Hebreos, al enseñarnos que aun cuando la revelación del “otro tiempo” (es decir del Antiguo Testamento) provino de Dios y fue maravillosa, dicha revelación es inferior a todas las cosas que caracterizan al Nuevo Pacto en Jesucristo nuestro Señor.

    Cuando el versículo 1 dice que Dios solo nos habló por el Hijo hasta estos días finales, y contrasta a la revelación definitiva en el Hijo con la comunicación previa que Dios dio a través de los profetas, está descartando de plano al trinitarismo y al arrianismo. El trinitarismo inventa que un supuesto “Dios Hijo” coigual y coeterno al Dios Padre, habló desde la eternidad y durante los tiempos del Antiguo Testamento. Por su parte, el arrianismo inventa que un supuesto “dios Hijo” de naturaleza menor al Dios Padre, habló desde que fue creado en un tiempo anterior a la creación de todas las otras cosas, y que también habló en los tiempos del Antiguo Testamento. En contraste a estas doctrinas extrabíblicas, la Biblia dice que Dios solo habló por el Hijo hasta estos días finales.

    Aunque Dios habló en el Antiguo Testamento “muchas veces” y de “muchas maneras” a través de muchos profetas, su revelación definitiva esperó hasta la venida de Jesucristo. Cada palabra que Dios dio a los profetas, representó una parte de la revelación de Dios, pero su revelación más alta se dio en el Hijo. Las muchas maneras en las que Dios habló por los profetas, incluyeron los discursos directos, las promulgaciones a través de actos dramáticos de tipo simbólico, y la comunicación escrita en una variedad de formas literarias (por ejemplo historia, poesía, parábola, apocalíptico). 

    En el Hijo, Dios resolvió hablar en estos postreros o últimos días, lo cual significa que aparte de la revelación de Jesucristo que se halla en el Nuevo Testamento, no hay ninguna revelación más avanzada por venir. El Hijo contó con el derecho exclusivo de impartir la más grande y mejor revelación. Solo conoceremos más, cuando entremos con nuestros cuerpos gloriosos en el Reino Eterno de nuestro Señor Jesucristo, que sucederá cuando venga lo perfecto y lo que es en parte se acabe (ver 1 Corintios 13:10).

    Esto sepulta de manera definitiva a cualquier pretensión de ciertos sujetos que se han identificado a sí mismos como los profetas del tiempo del fin, que han aparecido con supuestas nuevas revelaciones, tales como Mahoma el supuesto profeta del Islam, José Smith el supuesto profeta de los mormones, Charles Taze Russell el supuesto profeta de los llamados “Testigos de Jehová”, Elena G. de White la supuesta profetiza de los adventistas, William M. Branham el supuesto profeta y séptimo ángel de los branhamitas, o a los muchas dogmas extrabíblicos del catolicismo romano tales como la herejía de la trinidad, el culto a los muertos, el purgatorio, la salvación por el pago de indulgencias, el culto a las imágenes y a los santos, etc.

    En Hechos capítulo 3, el apóstol Pedro presentó a Jesucristo como el profeta anunciado por Moisés para el tiempo del fin, indicando que no debían poner sus ojos en él (o sea en Pedro) y en Juan, como si ellos por su propio poder o autoridad hubieran hecho andar al cojo que se sentaba a pedir limosna en la puerta del templo llamada La Hermosa. Pedro dijo que el cojo fue sanado en el nombre de Jesús (3:16), que Cristo fue anunciado de antemano por todos los profetas de la antigüedad (3:18-21; 3:24-25), que Moisés anunció que Dios LEVANTARÍA a un profeta de entre el pueblo de Israel (3:22), que toda alma que no oiga a ese profeta será desarraigada del pueblo (3:23), que Jesús es la simiente prometida en la cual serán benditas todas las familias de la tierra (3:25), y que Dios HA LEVANTADO A SU HIJO, A CRISTO JESÚS, y LO HA ENVIADO para bendecirnos a fin de que cada uno se convierta de su maldad (3:26). Toda persona que no oiga a Jesús como el profeta final, no tendrá parte en el pueblo de Dios. Durante la transfiguración del Hijo, el Dios Padre dijo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a Él oíd” (Mateo 17:5). El Hijo mismo también dijo: “Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, Él hace las obras” (Juan 14:10). Jesús se identificó como el profeta, cuando dijo de sí mismo que ningún profeta es acepto en su propia tierra (Lucas 4:24) y también cuando hablando de su muerte dijo: “Sin embargo, es necesario que hoy y mañana y pasado mañana siga mi camino; porque no es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén. ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados!” (Lucas 13:33-34).

    Aunque los profetas y el Hijo son descritos como portavoces de Dios, la superioridad del mensaje entregado a través del Hijo, se establece por la propia identidad del Hijo, que se expone en los versículos 2 y 3, cuando se dice:

    “…a quien [Dios] constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; 3 el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas”.

    Aquí se aprecian siete características de Jesucristo, que ampliaré en el resto de mi exposición. Estas son: (1°) El Hijo es el heredero y por tanto el propietario legítimo de todas las cosas creadas, (2°) El Hijo es la razón por la cual el Dios Padre hizo el universo, (3°) El Hijo es el resplandor de la gloria del Dios Padre, (4°) El Hijo es la imagen exacta de la sustancia, persona o ser de Dios Padre, (5°) El Hijo es el que sostiene todas las cosas creadas por medio de su poderosa palabra, (6°) El Hijo efectuó la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, y (7°) El Hijo ahora reina con toda autoridad. 


    (1°) El Hijo es el Heredero y por Tanto el Propietario Legítimo de Todas las Cosas Creadas

    Dios quiso que todos los seres humanos en cabeza del primer hombre Adán, poseyeran su creación. Pero al pecar, Adán fue descalificado y a la vez descalificó a toda la humanidad para mantener esta bendición de Dios. Pero el Hijo al ser el postrer Adán (1 Corintios 15:45), el varón perfecto (Efesios 4:13), ha revertido los efectos dañinos del pecado de Adán y ha podido recibir como herencia toda la creación de Dios Padre, al punto de que Hebreos 2:6-9 dice que el Hijo ha sido coronado de gloria y de honra y ha sido puesto sobre todo lo creado, que consiste en las obras de las manos del Padre. La buena noticia para los creyentes en el Hijo, en ese varón perfecto, en ese postrer Adán, es que nosotros al ser también hijos de Dios, somos herederos de Dios y coherederos con Cristo (Romanos 8:17). Esto quiere decir que todo lo que le pertenece legítimamente a Cristo por ser el primogénito entre muchos hermanos (Romanos 8:29), también le pertenece legítimamente a aquellos que están en Cristo, y que al ser hermanos de Cristo son hijos de Dios (Hebreos 2:11-12). 

    La presentación del Hijo como el hombre que heredó la creación de Dios, elimina tajantemente al trinitarismo y al arrianismo. Ambas posiciones aseguran que Dios el Padre tuvo a un cocreador junto a Él, que se trataba de un supuesto “Dios Hijo” coigual y coeterno en el caso del trinitarismo, y de un “dios Hijo” creado u “obrero maestro” en el caso de arrianismo, pero el escritor a los Hebreos desmiente ambas posiciones al presentar al Padre como el único Creador y al decir que el Hijo, el postrer Adán, el varón perfecto, fue puesto sobre todas las obras de las manos del Padre. Cuando ambas posiciones, el trinitarismo y el arrianismo hablan de algún cocreador junto al Dios Padre, demuestran su aborrecimiento por la Escritura que solo habla de Dios Padre como el único Creador (Ver Deuteronomio 32:6; Nehemías 9:6; Job 9:8-10; Salmo 19:1, 33:6-9, 100:3, 121:1-2, 148:1-5; Proverbios 3:19; Isaías 37:16, 40:28, 44:24, 45:11-12, 45:18, 64:8, 66:1-2; Jeremías 10:10-16, 27:4-5; Malaquías 2:10; 1 Corintios 8:6; Efesios 3:9; 1 Timoteo 4:4; Hebreos 11:3; Apocalipsis 4:10-11). Además si el supuesto “Dios Hijo” coeterno del trinitarismo, o el supuesto “dios Hijo” creado u “obrero maestro” del arrianismo, hubiera sido el creador, entonces la creación ya le pertenecía y por lo tanto no tenía por qué recibirla como herencia de nadie, siendo que él ya era su dueño.


    (2°) El Hijo es la Razón por la Cual el Dios Padre Hizo el Universo

    Hebreos 1:2, nos enseña que el Dios Padre es el único Creador del universo, y que todo este universo fue creado en razón a que Dios vio en su presciencia al Hijo, al postrer Adán como heredero de todo (ver 1 Corintios 15), junto con un grupo de hombres santos que también serían hijos de Dios y coherederos con Cristo (ver Romanos 8:17, 8:29; Efesios 2:10). Por esto el versículo 2 dice del Hijo: “y por quien asimismo hizo el universo”, o también que “mediante el cual hizo el universo”

    El fracaso de Adán fue visto por Dios en su presciencia, pero también el triunfo de Cristo, y esa fue la razón por la cual el único Dios Padre decidió crearlo todo. Dios en su presciencia vio la caída de su creación, pero a la vez la restauración de la creación en un paraíso permanente en los cielos nuevos y la tierra nueva donde mora la justicia (2 Pedro 3:13).

    El hecho de que el futuro Hijo humano sea la razón por la cual Dios hizo el universo, excluye de ipso facto al trinitarismo y al arrianismo con sus ideas extrabíblicas de un supuesto cocreador junto al Padre. En el punto número 1 (El Hijo es el Heredero y por Tanto el Propietario Legítimo de Todas las Cosas) se proporcionaron abundantes citas bíblicas que muestran explícitamente que el Dios Padre es el único Creador de todo lo que existe y que nadie le ayudó a crear.


    (3°) El Hijo es el Resplandor de la Gloria del Dios Padre

    Jesucristo es realmente Dios mismo brillando o resplandeciendo en el mundo. En el Antiguo Testamento, la palabra para gloria es chekiná, que tiene que ver con la gloria visible de Dios que se le apareció a Israel en varias ocasiones. (Ver por ejemplo Éxodo 16:10 y 1 Reyes 8:11). En el Nuevo Testamento, la palabra griega que traduce gloria es dóxa.

    Jesucristo es el Señor de gloria (Santiago 2:1), porque Jesús es la manifestación visible del Dios invisible. Dado que Dios no dará su gloria a otro (Isaías 42:8), entonces el Hijo Jesucristo es el mismo Dios Padre en la forma de un Niño o Hijo que nos fue dado para brillar en el mundo a fin de que el pueblo que estaba en tinieblas y en sombra de muerte, viera resplandecer la luz de Dios en la faz de Jesucristo (ver Isaías 9:1-6 y 2 Corintios 4:6).

    El hecho de que el Hijo sea el resplandor de la gloria de Dios Padre, descarta de tajo al trinitarismo, pues si fuera cierto que el Hijo se trata de una persona divina coigual y distinta, entonces el Hijo debería reflejar su propia gloria en lugar de reflejar solamente la gloria del Dios Padre. Esto también descarta al arrianismo y al unitarismo (en sus variantes adopcionistas, ebionitas y socinianas), pues dichas doctrinas extrabíblicas sostienen que el Dios Padre le dio su gloria a otro, a un “Hijo” que es una simple criatura y nada más, negando así lo que enseña Isaías 42:8.


    (4°) El Hijo es la Imagen Exacta de la Sustancia, Persona o Ser de Dios Padre

    La palabra griega que en el versículo 1:3 traduce “imagen misma”, “imagen exacta” o “representación exacta” es jaraktér. De otro lado, la palabra griega que traduce “sustancia”, “persona” o “ser” es jupóstasis, lo cual revela que el Hijo Jesucristo es la representación exacta de la persona, el ser o la sustancia de Dios Padre en la carne como un ser humano perfecto. Él es la imagen, la representación visible del Dios Padre invisible (Colosenses 1:15); y como a Dios Padre nadie lo ha podido ver jamás en su gloria máxima, entonces el Hijo que es Dios manifestado en la carne lo ha dado a conocer (Juan 1:18). La verdadera identidad del Hijo, es que Él es Emanuel, el propio Dios Padre con nosotros como un verdadero hombre entre los hombres.

    El escritor unicitario Steven Ritchie, en el capítulo 1 de su obra titulada El Caso de la Teologia de la Unicidad, citó al profesor Barry Smith, de la Universidad Bautista del Atlántico, que en una exégesis a Hebreos 1:3 escribió:

    “La palabra griega jaraktér puede significar la impresión literal de algo, aquello que corresponde al molde. En relación con esto, se puede referir a LA IMPRESIÓN DE UN ORIGINAL. Esto es confirmado por una inscripción hallada en una estatua de Antíoco I de Comagene, que dice: 'la imagen exacta de mi forma' (jaraktêra morphês emes)”.

    Luego, el hermano Ritchie dice que “Aquí podemos ver que los antiguos griegos, usaban a menudo la palabra “jaraktér” como una “imagen exacta”, tal como la estatua de una única persona humana. Esto significa que Jesús es la exacta imagen visible de la sustancia invisible (esencia del ser) del Padre... la imagen exacta de la sustancia del Padre invisible como una persona humana visible”.

    Jesús es Emanuel, Dios Padre con nosotros como un hombre total y completo, o “completamente humano en todos los sentidos” como lo dice la versión inglesa New International Version en Hebreos 2:17. El Hijo es Dios el Padre representado o hecho visible como un ser humano que reproduce la propia identidad o sustancia del Padre en la forma y condición de un hombre (ver Filipenses 2:6-8).

    La revelación del Hijo como la imagen o representación exacta de la persona del Padre, destruye de plano al trinitarismo, al arrianismo y al unitarismo (en sus variantes adopcionistas, ebionitas y socinianas), ya que el Hijo dijo: “el que me ha visto a mí ha visto al Padre” (Juan 14:9) pero nunca dijo “el que me ha visto a mí ha visto al 'Dios Hijo coigual'”, “el que me ha visto a mí ha visto al 'dios Hijo creado'”, “el que me ha visto a mí ha visto al ser humano adoptado”, “el que me ha visto a mí ha visto al ser humano que es solo un profeta y nada más”, o “el que me ha visto a mí ha visto solamente a una criatura humana que nació milagrosamente de María”.


    (5°) El Hijo es el Que Sostiene Todas las Cosas Creadas por Medio de su Poderosa Palabra

    Dado que Jesús es el único Dios Padre manifestado en la carne como un hombre, por esa misma razón al ser el único Dios, toda la plenitud de la deidad (es decir cada aspecto de la esencia de Dios) habita continuamente de manera corporal en Jesús (Colosenses 2:9). Es en ese sentido que podemos decir que en su deidad, Jesús sostiene todas las cosas, o como también lo dice Colosenses 1:17 que “Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en Él subsisten” o “forman un todo coherente”.   

    El Hijo no es solo la causa sino también el propósito de la creación. Sin el plan de Dios que Él hizo de antemano en el futuro Niño que nos sería nacido y en el Hijo que nos sería dado (Isaías 9:6), en ese plan que Él hizo en el postrer Adán (1 corintios 15:45), nada de lo creado hubiera sido llevado a cabo, y sin Cristo Jesús nada de lo creado podría seguir existiendo.


    (6°) El Hijo Efectuó la Purificación de Nuestros Pecados por Medio de Sí Mismo

    El propósito de la manifestación de Dios en carne, fue que “el Hijo del hombre viniera a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). El sacrificio del Hijo, el varón perfecto y sin pecado, derribó el muro que separaba a Dios y a los hombres. “Al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en Él recibiéramos la justicia de Dios” (2 Corintios 5:21 - NVI).

    Cualquier sugerencia de que Dios requiere algo aparte de la sangre de Jesús para quitar el pecado humano es herejía del peor tipo. La virtud expiatoria de la sangre de Jesús es de un valor infinito porque su muerte no consistió en la muerte de un simple hombre, sino en la muerte de Emanuel, o sea de Dios el Padre con nosotros en la condición de un hombre.

    El escritor unicitario William Chalfant, en su obra Una Crítica de la Teología de los Escritores Bíblicos, escribió:

    “Si Jesucristo no es el Dios Todopoderoso (Dios el Padre), entonces Él no es capaz de salvarnos (pero Él lo es). De otro lado, si Jesús de Nazaret no es el verdadero Hijo de María y un ser humano genuino, descendiente de David y Abraham, entonces Él no puede ser nuestro Redentor y nuestro sacrificio por los pecados. Negar su divinidad maravillosa (como Dios el Padre), es robarle su gloria legítima. De otro lado, negar su verdadera humanidad es robarnos nuestro sacrificio de sangre, que fue colgado en nuestro lugar en la antigua cruz rugosa. Si Él no es uno de nosotros, entonces no tenemos un verdadero Mediador. 1 Timoteo 2.5 dice: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre (antropos)”. Si Él no fuera verdadero antropos y verdadero Dios, entonces nuestra fe sería vana, pero no es vana porque Él estuvo en mi lugar”.


    (7°) El Hijo Ahora Reina con Toda Autoridad

    Después de que el Hijo fue crucificado en la cruz del calvario, resucitó al tercer día y ascendió victorioso a los cielos, para “sentarse a la diestra de la Majestad en las alturas”. “La diestra de Dios”, o como se nombra aquí “diestra de la Majestad”, es un antropomorfismo (o sea una referencia a Dios atribuyéndole características humanas para que nosotros podamos entender), que indica que el Hijo recibió todo poder y autoridad de parte de Dios arriba en el cielo y abajo en la tierra (ver Mateo 28:18). Así como la gran mayoría de los hombres pueden hacer las cosas con su mano derecha, así Dios pudo dar salvación a la humanidad a través del Hijo, quien es el varón de la diestra de Dios, el Hijo de hombre que Dios afirmó para sí (ver el Salmo 80:17). “Sentarse”, es una expresión metafórica que indica que con su exaltación el Hijo reveló su obra completa, tal como lo expresa la versión de La Biblia Amplificada. Los sacerdotes de la clase de Aarón siempre estaban ofreciendo año tras año los mismos sacrificios que nunca podían quitar los pecados (Hebreos 10:11), pero el sacrificio de Cristo fue ofrecido una sola vez y para siempre (Hebreos 9:28), porque se trató del sacrificio del verdadero Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29).

    Esto demuestra el cumplimiento de la profecía mesiánica del Salmo 110, que en la versión de la Biblia Hebraica Stuttgartensia dice: “Salmo de David. Oráculo de Yahweh a mi Adón: Siéntate a mi diestra, hasta que haga a tus enemigos estrado para tus pies”. La palabra hebrea para “oráculo”, que en la versión Reina Valera 60 aparece como “Dijo”, es neúm, que según el léxico Brown–Driver–Briggs, significa: “anuncio, declaración de profeta en estado de éxtasis, que cita la palabra divina dada a través de él”. Yahvé Dios anunció acerca del futuro Mesías, que éste sería el Adón de los redimidos. Según la Concordancia Exhaustiva de Strong, Adón significa “gobernador, soberano, controlador, amo, dueño, señor”.

    Citando a la profecía del Salmo 110, el apóstol Pedro dijo que el patriarca David siendo profeta y sabiendo que con juramento Dios le había jurado que de su descendencia, en cuanto a la carne, levantaría al Cristo para que se sentase en su trono, viéndolo antes, habló de la resurrección de Cristo, que su alma no fue dejada en el Hades, ni su carne vio corrupción. A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos… Porque David no subió a los cielos; pero él mismo dice: Dijo el Señor [Yahvé] a mi Señor [Adón]: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies. Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor [Adón] y Cristo” (Ver Hechos 2:30-32).

    Esto nos indica que el cumplimiento de la profecía del Salmo 110, comenzó cuando el hombre Cristo Jesús resucitó venciendo a la muerte y ascendió a los cielos para ser hecho Señor/Adón y Cristo. Debido a su resurrección, el hombre Jesucristo también fue declarado Hijo de Dios con poder.

    Romanos 1:1-4, dice: “Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios, que Él había prometido antes por sus profetas en las santas Escrituras, acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos”.

    Lo anterior nos indica que Jesús como Hijo, nunca había poseído el poder y el señorío que recibió después de resucitar ascendiendo a los cielos. Jesús fue Hijo desde su engendramiento en la virgen María (Mateo 1:20-21, Lucas 1:35), pero solo fue Hijo de Dios con poder, cuando resucitó con su cuerpo glorificado.

    A través de su actual reinado, El Hijo Jesucristo, el varón de la diestra de Dios, está logrando la sujeción completa de todos los enemigos de Dios, pues Él debe reinar hasta que haya puesto a todos sus enemigos bajo sus pies, y el último enemigo que será destruido es la muerte (1 Corintios 15:25-26). Esto no implica que llegará algún momento en que Cristo ya no reinará, o que la manifestación de Dios en carne terminará en algún momento, sino que simplemente indica que Cristo debe reinar hasta que haya sometido a todos sus enemigos. Cuando el Hijo haya cumplido todo lo que Dios Padre se propuso por medio de la encarnación en éste varón, es decir cuando el pecado y los efectos del pecado hayan sido eliminados, entonces Dios será todo en todos (1 Corintios 15:28), lo que indica que durante toda la eternidad, en los cielos nuevos y en la tierra nueva, todos los redimidos reconoceremos a Jesucristo no solo como el Hijo o varón perfecto, sino también como al Dios Padre mismo manifestado en un cuerpo humano glorificado en medio de nosotros. Esta es la razón por la cual Apocalipsis 22:3-4 habla de un solo trono para Dios y el Cordero, de un solo rostro para Dios y el Cordero, de un solo nombre para Dios y el Cordero, y dice en singular que sus siervos le servirán a Dios y el Cordero, porque Dios y el Cordero son uno y el mismo.

    La presentación de Jesús como el varón, o el hombre de la diestra de Dios según el Salmo 80:17, destruye al trinitarismo que inventa que el Hijo es una persona divina coigual sentada eternamente a un supuesto lado derecho de Dios el Padre. También destruye toda idea arriana que inventa que un supuesto dios Hijo creado, se ha sentado a un supuesto lado derecho del Padre antes y después de su encarnación.

    La clara presentación del Salmo 110 como una profecía u oráculo de Yavhé para el futuro Mesías, reflejada claramente como una palabra profética ya cumplida en Hechos 2:30-32 y Hebreos 1:3, sepulta toda imaginación trinitaria que enseña que dos supuestos “Señores divinos” han hablado entre sí desde toda la eternidad intercambiando pensamientos y opiniones, lo cual no es nada más que un politeísmo disfrazado. En realidad, en el texto hebreo del Salmo 110, se distingue bien entre Yahvé (el único Señor divino) y Adón (el único Señor divino manifestado en la carne como un Señor -o Rey- humano que gobierna con justicia entre los hombres).

    Para más información acerca del reinado del Hombre Jesús a la diestra de Dios, los invito a que lean mi artículo titulado: “Comentario al Salmo 110 ¡Jesucristo, Nuestro Rey y Sacerdote para Siempre!”, que se encuentra publicado en mi blog FE BÍBLICA y del cual también hay un video publicado en YouTube en mi canal FE BÍBLICA.

    Siga este enlace, para ver un video con un completo Comentario a Hebreos Capítulo 1.


  5. Por David K. Bernard. © Todos los derechos reservados
    Capítulo 7 del libro Una Historia de la Doctrina Cristiana Volumen 1, Desde la Edad Apostólica Hasta la Edad Media 100-1500 d.C.
    Traducido por Julio César Clavijo Sierra, año 2019




    El canon es la lista de libros aceptados como Escritura, los libros inspirados por Dios. Jesús y los apóstoles aceptaron las Escrituras hebreas, nuestro Antiguo Testamento, como la Palabra de Dios. Después de la fundación de la iglesia en el Día del Pentecostés, el Espíritu Santo inspiró a los apóstoles y sus asociados para escribir nuestro Nuevo Testamento. Es evidente que la iglesia primitiva aceptó estos escritos como inspirados tan pronto como fueron escritos.

    Los primeros escritores post-apostólicos citaron tanto los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento como la Palabra autoritativa de Dios. Al principio, no intentaron justificar el uso de diversos libros, pero a medida que pasó el tiempo, reconocieron la necesidad de establecer exactamente cuáles deberían ser considerados como Escritura. Varios factores los motivaron a considerar El canon.

    El primero y más apremiante, en razón a que algunas personas, particularmente aquellas pertenecientes a movimientos heréticos, comenzaron a desafiar algunos puntos de vista generalmente aceptados de lo que constituía la Escritura. Algunos grupos heréticos, particularmente los gnósticos, comenzaron a proponer sus propios libros para incluirlos en la Escritura. Otros grupos, particularmente los marcionistas, comenzaron a rechazar porciones de las Escrituras que ya habían sido aceptadas históricamente. También comenzaron a circular libros espurios, que afirmaban falsamente tener autoría apostólica.

    Segundo, la iglesia comenzó a reconocer la necesidad de asegurar el uso de la literatura apropiada para la instrucción doctrinal, para combatir a las falsas doctrinas y para el evangelismo.

    Tercero, en tiempos de persecución, las autoridades paganas se esforzaron por confiscar y destruir la Escritura. Los libros eran muy preciados ya que tenían que ser copiados a mano, y una congregación local a menudo tenía una sola copia de la Biblia. Los cristianos hicieron grandes esfuerzos, e incluso arriesgaron sus vidas, para proteger copias de la Escrituras en nombre de la iglesia. Aquellos que entregaron a las autoridades porciones de la Escritura, incluso bajo coacción, fueron considerados traidores. Así, los primeros cristianos necesitaban saber más allá de toda duda, cuáles eran los libros que valía la pena preservar a toda costa.

    El canon realmente fue reconocido desde el principio, en las primeras comunidades cristianas. En las iglesias locales por todos los lugares donde estaba extendido el cristianismo, había una casi aceptación universal de los libros de la Escritura. No deberíamos mirar primariamente a los listados formales o a los concilios como los definidores de la Escritura, porque estos simplemente ratificaron lo que ya había sido aceptado desde hacía muchos años. Desde los primeros tiempos del cristianismo, las iglesias locales y los pastores ya habían usado estos libros como Sagrada Escritura.

    El Antiguo Testamento

    Con respecto al Antiguo Testamento, los escritores post-apostólicos tuvieron una guía clara. Ellos aceptaron los libros que los judíos históricamente habían considerado la Palabra de Dios. (Ver Romanos 3:1-2). En esto siguieron el ejemplo de Jesús y los escritores del Nuevo Testamento, que usaron al Antiguo Testamento para establecer su enseñanza, sin dar alguna indicación de que sus Escrituras fueran diferentes de las que los judíos ya habían aceptado universalmente.

    El Nuevo Testamento cita definitivamente como Escritura, o alude como autoritativos, a 29 de nuestros 39 libros del Antiguo Testamento, o usando la enumeración hebrea a 19 de 24 libros. De los cinco libros hebreos restantes, Esdras-Nehemías y Eclesiastés, posiblemente se citan o aluden, y Lamentaciones a veces se consideraba como un apéndice de Jeremías que sí es citado, por lo que solamente Ester y el Cantar de los Cantares de Salomón definitivamente no son mencionados, y esto solamente significa que los autores del Nuevo Testamento no tuvieron ocasión para usarlos en los propósitos específicos de sus escritos. [1]

    Melitón, obispo de Sardes hacia el año 170 d. C., produjo el listado cristiano más antiguo que tenemos del Antiguo Testamento, e incluyó a todos los libros menos el de Ester. Otra lista de casi el mismo tiempo o de un poco más tarde (MS 54, publicado por Bryennios) enumera a todos los libros, incluido Ester. La siguiente lista fue elaborada por Orígenes a principios del siglo III, y era idéntica a la Biblia Hebrea excepto por una Adición a Ester. [2]

    Algunos grupos cristianos aceptaron como canónicos o semicanónicos a una serie de escritos judíos que datan del 200 al 30 a.C. y uno de aproximadamente el 100 d.C. Estos son comúnmente llamados Los Apócrifos. Algunos son adiciones a los libros bíblicos. En el Concilio de Trento en 1546, la Iglesia Católica Romana aceptó oficialmente a 11 de ellos como Escritura, mientras que los protestantes no los consideran canónicos.

    Algunos escritores en la cristiandad temprana, notablemente tertuliano y Agustín, dieron su aprobación total o parcial a algunos de los apócrifos. Bajo la influencia de Agustín, unos concilios regionales celebrados en el norte de África a finales del siglo IV y principios Siglo V, avalaron los apócrifos. Otros escritores, como Orígenes y Atanasio, no los consideraron como Escritura. Algunos no los consideraron canónicos, pero los usaron para el estudio y la enseñanza. Jerónimo, el traductor de la Vulgata (la Biblia en Latín), insistió firmemente en que éstos no eran Palabra de Dios.

    Hay muchas razones por las cuales la iglesia en su conjunto no aceptó estos escritos. [3] (1) Los judíos nunca los aceptaron. (2) Fueron escritos elaborados después de Malaquías, el último de los profetas inspirados del Antiguo Testamento. (3) Los autores eran hombres desconocidos que no reclamaban inspiración, y algunos de los libros afirman falsamente ser de la autoría de hombres de la Biblia que vivieron mucho antes de que estos libros fueran compuestos. (4) Ni Jesús ni los escritores del Nuevo Testamento los citaron o se refirieron a ellos como Escritura. (5) Contienen errores doctrinales como la oración por los muertos, la salvación por obras, la limosna como expiación por los pecados y la preexistencia de las almas. (6) Contienen una enseñanza moral inferior, al ensalzar el consumo del vino, al elogiar el suicidio en algunos casos, y al justificar la seducción y el engaño por una causa loable. (7) Contienen errores históricos, cronológicos y geográficos. (8) Contienen muchos pasajes imaginarios.

    Para resumir, los libros que recibieron la aceptación universal o casi-universal como parte del Antiguo Testamento, son los mismos libros que los judíos reconocieron históricamente, y son los mismos libros que los protestantes reconocen hoy.

    El Nuevo Testamento

    Volviendo al Nuevo Testamento, la iglesia post-apostólica aceptó como inspirados los libros que vinieron con autoridad apostólica —que fueron escritos por los propios apóstoles o por asociados que recibieron la aprobación apostólica de sus escritos—. Los primeros cristianos se dieron cuenta de que los apóstoles tenían autoridad única como testigos oculares y como personas encargadas específicamente por Jesús para este propósito. [4] Los cristianos del primer siglo tuvieron calificaciones especiales para reconocer el canon, porque ellos recibieron la sana doctrina personalmente de los apóstoles y conocieron personalmente a los escritores del Nuevo Testamento. Ellos tuvieron la capacidad única de juzgar la autenticidad y la validez de los libros que estaban en circulación en ese momento.

    F. F. Bruce identificó cinco criterios utilizados en los primeros siglos de la era cristiana para reconocer qué libros había inspirado Dios: autoridad apostólica, antigüedad (edad), ortodoxia (exactitud doctrinal), catolicidad (uso universal), y uso tradicional. [5] La antigüedad y la ortodoxia fueron criterios subsidiarios para ayudar a determinar la autoridad apostólica.

    El Nuevo Testamento contiene en sí mismo evidencia de la lectura, circulación, recopilación y citación de los escritos inspirados. Las epístolas de Pablo fueron leídas a los creyentes y circularon entre las iglesias (1 Corintios 1:2; Colosenses 4:16; 1 Tesalonicenses 5:27). Juan pretendió que Apocalipsis se leyera por todos en general (Apocalipsis 1:3). Pablo citó del Evangelio de Lucas (Lucas 10:7; 1 Timoteo 5:18). Peter reconoció todas las epístolas de Pablo como Escritura (II Pedro 3:15-16). Judas  aparentemente citó a Pedro (2 Pedro 3:2-3; Judas 17-18).

    Los autores post-apostólicos citaron extensamente a los Libros del Nuevo Testamento, confiando en ellos como Escritura autoritativa. Cuando examinamos los escritos de Clemente de Roma, Policarpo, Ignacio, Hermas, Pseudo-Bernabé, Papías, y los autores anónimos de la Didajé y la Epístola a Diogneto, encontramos que desde aproximadamente los años 95-150 d.C. los escritores cristianos primitivos citaron definitivamente a 23 libros del Nuevo Testamento. Estos incluyen todos, excepto cuatro libros muy cortos —Filemón, 2 y 3 Juan y Judas— y hay posibles referencias a todos estos, excepto a 3 Juan. Cerca del final del siglo II, Ireneo citó a todos los libros excepto Filemón y 3 Juan. [6]

    La primera lista canónica que tenemos es la del Fragmento Muratoriano (c. 170). Se refiere al menos a 22 de los Libros del Nuevo Testamento y probablemente a 23. [7] No enumera a Hebreos, Santiago, 1 Pedro y 2 Pedro, pero esto podría deberse a una ruptura en el manuscrito. Mirando hacia las primeras traducciones de la Escritura, la Antigua Versión Latina (Vetus Latina), traducida alrededor del año 200, incluyó todos los libros excepto Filemón, 2 y 3 Juan y Judas. La Antigua Versión Siríaca, que estuvo en circulación alrededor del año 400 pero que se basó en un texto de aproximadamente el año 200, incluyó cada libro excepto 2 Pedro, 2 y 3 Juan, Judas y Apocalipsis.

    En resumen, alrededor del año 150 encontramos numerosas citas representando a cada libro del Nuevo Testamento, exceptuando las cuatro cortas cartas de Filemón, 2 y 3 Juan y Judas. Alrededor del año 200 tenemos claros testigos post-apostólicos de cada libro del Nuevo Testamento.

    A principios del siglo III, Orígenes se refirió a los 27 libros, identificando algunos como cuestionados. A principios del siglo IV, Eusebio enumeró los veintisiete libros con comentarios similares. Atanasio, en el año 367, es el primer escritor conocido en enumerar nuestro canon del Nuevo Testamento exactamente y sin ninguna calificación. Los concilios regionales de Hipona (393) y Cartago (397 y 419) en el Norte de África, bajo la influencia de Agustín, confirmaron la misma lista.

    Es importante tener en cuenta que estos concilios simplemente ratificaron lo que los creyentes de base, en su conjunto, habían practicado por siglos:

    Las decisiones de los concilios de los siglos IV y V no determinaron el canon, y ni siquiera lo descubrieron o reconocieron. En ningún sentido hubo una autoridad contingente puesta sobre los concilios posteriores para canonizar los libros. Todos esos concilios lo que hicieron fue dar un reconocimiento posterior, más amplio y final a lo que ya era un hecho, es decir, que Dios los había inspirado y que el pueblo de Dios los había aceptado desde el primer siglo. [8]

    Veinte de nuestros libros del Nuevo Testamento nunca fueron seriamente cuestionados o disputados. Estos son los cuatro evangelios, Hechos, las trece epístolas paulinas, 1 Pedro, y 1 Juan. Nosotros tenemos evidencia clara de los primeros tiempos post-apostólicos, que aquellos que conocieron a los apóstoles personalmente y escucharon sus enseñanzas, aceptaron estos libros. Estos veinte libros comprenden 7/8 del texto del Nuevo Testamento, y enseñan en su totalidad todas las doctrinas del Nuevo Testamento. Había algunos cuestionamientos u oposición de varios sectores sobre los siete libros restantes: Hebreos, Santiago, 2 Pedro, 2 Juan, 3 Juan, Judas y Apocalipsis. [9]

    Hebreos no lleva el nombre de su autor, y por esa razón algunas personas eran reacias en aceptarlo. Gradualmente esa oposición fue superada sobre la base de la tradición alejandrina, que decía que Pablo era el autor. Los eruditos modernos generalmente dicen que Pablo no fue el autor, porque el estilo de Hebreos es significativamente diferente al de las trece epístolas que llevan el nombre de Pablo. Sin embargo, reconocen que sus temas son tan similares a los de los escritos de Pablo, que el autor debe haber sido colega o compañero de trabajo de Pablo. Esto explicaría la aceptación del libro en los primeros tiempos por tener la aprobación de Pablo, y sin embargo contar con diferencias de estilo respecto a Pablo.

    Algunos cuestionaron la Epístola de Santiago debido a su énfasis en las obras, pensando que contradecía a la doctrina de la justificación por fe como se expresa particularmente en las cartas de Pablo. Sin embargo, bien entendido, no hay contradicción, sino una armonía. La Biblia enseña claramente la salvación por gracia a través de la fe. El libro de Santiago simplemente enfatiza que cuando la Biblia habla sobre la fe genuina, no habla de un mero asentimiento mental o profesión verbal, sino que más bien requiere de una fe activa y obediente que tiene un efecto visible en nuestras vidas. La única forma de demostrar la fe y mostrar su validez, es por las obras.

    Algunas personas cuestionaron la autenticidad de 2 Pedro debido a las diferencias de estilo con 1 Pedro. Probablemente la forma más sencilla de explicar la discrepancia, es observar que un escriba llamado Silvano grabó la primera epístola (1 Peter 5:12). Es probable que el apóstol Pedro dictó a la epístola de 1 Pedro, que Silvano suavizó la gramática y ofreció una elegante fraseología, y que Pedro aprobó el resultado final. Por el contrario, Pedro evidentemente escribió 2 Pedro con su propia mano y sin asistencia.

    2 y 3 Juan también fueron cuestionadas sobre su originalidad. Ambas son cartas muy pequeñas y se enviaron originalmente a individuos, por lo que es fácil ver el por qué no tuvieron una circulación generalizada al principio. Después de la muerte de Juan a finales del siglo I, las personas cercanas a los lectores originales probablemente comenzaron a darse cuenta de la importancia de lo que tenían y comenzaron a distribuirlas más ampliamente. A medida que otras iglesias comenzaron a recibirlas, algunos se preguntaron: ¿Si esas cartas son auténticas, por qué no las habíamos visto antes? La fuerte similitud con el Evangelio de Juan y con 1 Juan en estilo y contenido, resolvió en última instancia esta pregunta a favor de la autoría de Juan.

    Judas fue cuestionado por citar al Libro de Enoc. La cita aparece en un libro apócrifo llamado 1 Enoc, por lo que surgió el cuestionamiento de si Judas respaldaba a un libro espurio. Pero tanto 1 Enoc como Judas, pueden haber obtenido esta información de una fuente común más antigua. Si Judas realmente citó a 1 Enoc, él simplemente reconoció que dicho libro conservó con precisión una tradición o registró una profecía veraz, pero esto no significa necesariamente una aprobación de todos los contenidos de 1 Enoc.

    Finalmente, algunos objetaron al Libro de Apocalipsis. En realidad, Apocalipsis fue uno de los primeros libros en ser citado como Escritura. Las objeciones más serias se dieron en el siglo III por personas que se resistieron a la doctrina del milenio, al sentir que esta enseñanza le daba mucho apoyo a los judíos. La respuesta que se dio a este ataque, es que nosotros no tenemos derecho a desacreditar a un libro apostólico inspirado, simplemente porque no nos gustan algunas de sus enseñanzas.

    Cuando analizamos los escritos cristianos de los siglos II y III, encontramos que reproducen todos menos once versículos del Nuevo Testamento. [10] Ese es un testimonio sorprendente de cuánto los primeros cristianos usaron los libros del Nuevo Testamento, del alto valor que les daban, y de cómo se ha conservado el texto a lo largo de los siglos.

    Muchos libros escritos en los primeros tiempos post-apostólicos, fueron prácticamente rechazados por todos, por no estar inspirados por Dios. Estos incluyeron a numerosos supuestos evangelios, como también algunos hechos, epístolas y apocalipsis. La iglesia primitiva no los consideró canónicos porque no tenían la aprobación apostólica. La mayoría eran falsificaciones obvias, y típicamente contenían historias fantasiosas y doctrinas heréticas. Además, casi no contenían teología o historia valiosa, pero revelaban varias ideas y pensamientos populares de la época.

    Algunos de estos libros fueron aceptados por algunos, recibiendo un reconocimiento temporal y local. Como ejemplo tenemos las epístolas de Clemente de Roma, de Policarpo y de Ignacio. Otros libros eran anónimos o seudónimos. Incluso cuando alguna gente aceptó a estos libros como inspirados, por lo general le dieron la categoría de semicanónicos, en un estatus secundario, ubicándolos como un apéndice de las Escrituras o colocándolos al final de una lista. Por lo general, su aceptación limitada se produjo debido a una creencia errónea de que tenían autoridad apostólica.

    Finalmente fueron rechazados como canónicos por varias razones. Algunos obviamente solamente tenían una aplicación temporal o local. Algunos eran falsificaciones, como la Epístola a Los Laodicenses. En algunos casos, como el Pastor de Hermas, la Epístola de Seudo-Bernabé y la Didajé, la gente se dio cuenta de que los autores no eran apóstoles o sus asociados, como algunos lo suponían. También quedó claro que por el solo hecho de que un libro hubiera sido escrito cerca del final de la era apostólica, o poco después de la edad apostólica, o por alguien que había conocido a los apóstoles, eso no significaba que tuviera autoridad apostólica.

    Ningún canon o concilio importante en la historia del cristianismo ha respaldado a estos otros libros. Ocasionalmente el día de hoy, alguien reclamará el publicar los llamados libros perdidos del Nuevo Testamento, pero estos libros nunca fueron aceptados por cualquier grupo significativo durante un período de tiempo significativo. Los libros de nuestro Nuevo Testamento son los que los creyentes históricamente aceptaron desde los primeros tiempos y son los que las diversas ramas del cristianismo han ratificado constantemente a lo largo de la historia.


    Referencias

    [1] David K. Bernard, God’s Infallible Word. Hazelwood, MO: Word Aflame Press. 1992. 80-81, 191-192
    [2]F. F. Bruce, The Canon of Scripture (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 1988), 70-75.
    [3] Para mayor información, ver Bernard, God’s Infallible Word, 84-86.
    [4] Ver Mateo 10:40; 16:19; 18:18; 28:19-20; Lucas 6:13; 9:1-2; 10:16; 24:46-49; Juan 14:26; 16:13; 15:27; 17:20; 20:23; Hechos 1:21-22; 1 Corintios 11:2, Efesios 2:20; 2 Tesalonicenses 2:15.
    [5] Bruce, Canon, 256-63.
    [6] Alexander Roberts, James Donaldson, y A. Cleveland Coxe, eds., The Ante-Nicene Fathers (ANF)(1885; reprint, Grand Rapids: Eerdmans, 1981). Vols. 1, 2 y 7.
    [7] Ante-Nicene Fathers 5:603-4.
    [8] Norman Geisler y William Nix, A General Introduction to the Bible, rev. ed. (Chicago: Moody Press, 1986), 231.
    [9] Ibíd., 298-301.
    [10]Ibíd., 430-31.


Las Sagradas Escrituras Responden